X-FILES. VAMPIROS DE ROMA

 “Tomé las reses,  las degollé encima del hoyo, corrió la negra sangre, y al instante se congregaron saliendo del Erebo las almas de los fallecidos…y yo, desenvainando la espada, me senté y no permití que las cabezas inanes de los muertos se acercasen a la sangre antes de que hubiese interrogado a Tiresias”.

La anterior escena podría pertenecer perfectamente al guión de una serie o película de vampiros, pero en realidad se trata de un famoso pasaje de La Odisea en la que Ulises baja hasta el Hades para buscar al adivino Tiresias y se enfrenta a los seres que habitan el inframundo. Otro capítulo del famoso libro de Homero nos remite nuevamente a otros seres asociados al vampirismo, se trata de las famosas sirenas que volvían locos con sus cantos a los antiguos marinos que estrellaban sus barcos contra los arrecifes, donde eran devorados por estos seres mitad mujer y mitad pájaro de presa. Tertuliano habla de las bocas ensangrentadas de las sirenas y a ellas se atribuye las pérdidas seminales durante los sueños eróticos, ya que “siempre están ávidas de esperma y sangre”. Otros seres vampíricos de la mitología griega eran las empusas o lamías, siempre dispuestas a acostarse con hombres para succionar su espíritu vital. Heredera de todas ellas es la strix romana, una siniestra ave nocturna que chupaba la sangre de los niños pequeños y cuyo nombre proviene del estridente sonido que hacia en el silencio de la noche. Según cuenta Ovidio “desgarran con el pico las vísceras de quien todavía es lactante y tienen las fauces llenas de la sangre que beben”

La sangre siempre tuvo un alto contenido simbólico para los romanos. Se la suponía fuente de la vida y era utilizada en ciertos rituales, tal era el caso del famoso taurobolio donde el iniciado en cultos como el de Cibeles era literalmente bañado por la sangre de un toro recién sacrificado. Plinio cuenta que la sangre derramada por los gladiadores muertos o heridos en el anfiteatro era bebida por ciertos espectadores para así adquirir la fuerza y coraje de estos luchadores de la arena,  de forma muy similar a como en algunos rituales de canibalismo de indómitas tribus de África y Oceania se comían la carne de sus enemigos para hacerse con su espíritu guerrero.

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Gladiadores combatiendo. Llegaba a recogerse la sangre todavía caliente de los luchadores caídos en la arena.  Reconstrucción de Ars Dimecandi en Tarraco Viva 2014

Los romanos eran un pueblo muy supersiticioso y rendían un especial culto a los muertos, pero no solo como gesto de homenaje o en recuerdo a los seres queridos que se fueron al Otro Mundo, sino también porque creían que aquellos que habían muerto de forma violenta o no recibían los honores adecuados (larvae y lemures), podían volver a este mundo para atormentar a los vivos, especialmente a los miembros de su familia. Esta superstición se mantuvo hasta hace muy poco en algunos territorios dominados por los romanos, como la actual Rumanía, donde durante siglos se creyó que la gente que había sufrido una muerte violenta o no había sido exhumada de la manera adecuada se convertía en vampiros que  volvian a la vida para chupar la sangre de sus familiares. No es casualidad que en Rumania llamen srigoi a tales seres, un vocablo muy similar al strix latino.

Los vampiros de la antigua Roma fueron  -como muchas otras cosas- una “herencia” de la mitología griega que los romanos copiaron y adaptaron a su conveniencia como hicieron con las deidades de otros cultos y civilizaciones extranjeras. Dichas creencias se transmitieron a la literatura donde encontramos algunos ejemplos de seres vampíricos en relatos de autores tan famosos como Apuleyo, Petronio y Marco Anneo Lucano. De todos ellos el relato más inquietante es el del autor del Asno de Oro que narra el ataque de unas lamias contra un indefenso durmiente: “Hundió la daga hasta la empuñadura, y poniendo debajo un pequeño odre recogió cuidadosamente la emanación de sangre.”

Aparte de los relatos de ficción existen algunos testimonios acerca de supuestos vampiros reales,  como al que hace referencia el padre Agustín Calmet en su obra “Tratado sobre los vampiros” (1746). En el capítulo dedicado a los vampiros en la antiguedad, se relata la historia de Flegone Tralliano, liberto de Adriano, que cuenta el caso de cierta chica fallecida que salía todas las noches de la tumba para visitar a su novio y así poder beber, comer y acostarse con él. Solo cuando se llevó a cabo cierto tipo de ritual las visitas de la joven cesaron.

 

 

 

 

 

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